En un luminoso día de enero, un grupo de manifestantes se concentraban frente a los relucientes paneles de cristal de la bolsa de Ciudad de México, escribiendo consignas de protesta en las pancartas.
“INDIGNADOS DEL MUNDO, UNÍOS”, anunciaba una pancarta.
Cruzando la calle, un solitario oficial de policía miraba. Los peatones apenas levantaban la vista de sus Blackberries cuando pasaban por la acampada.
Éste es el movimiento Ocupar México, que lleva casi cuatro meses luchando por mantenerse. Los “indignados”, como se autodenominan los ocupantes, tienen 1.500 seguidores en Twitter, pero sólo unas pocas docenas de partidarios activos.
Después de todo, México está atrapado en medio de la guerra contra las drogas, una lucha sangrienta que ha dejado al menos 47.000 vidas desde 2006, según cifras del Gobierno.
La gente se manifiesta para apoyar el movimiento anti-violencia “No más sangre”, liderado por Javier Sicilia, un poeta cuyo hijo fue asesinado por miembros de las bandas.
Por el contrario, los manifestantes de “Ocupar México”, que se centran en la pobreza y los derechos de los trabajadores no han logrado ganar muchos adeptos. El movimiento ha sido completamente ignorado por los principales políticos de México.
“Tenemos las redes sociales”, dice Jonas González, un flacucho estudiante de arte. “Pero no hemos sido capaces de sacar provecho de ellas debido a la escasez de personal, a la escasez de gente que se queda aquí”, añade.
La mayoría de las tiendas de campaña alineadas en la acera estaban vacías.
“Tenemos un Carlos Slim y a millones de personas pobres”, apunta Guadalupe Maya, una estudiante de psicología vestida a la moda que está realizando la sentada en la carpa principal del campamento.
Carlos Slim, el magnate mexicano de la industria de las telecomunicaciones, es el hombre más rico del mundo, con una fortuna estimada de 63.000 millones de dólares. Por el contrario, una quinta parte de la población de México se mantiene en la pobreza extrema.
El problema para el movimiento Ocupar es que a pesar de que México sigue luchando con los problemas actuales de la desigualdad y la pobreza, en los últimos quince años, un número sin precedentes de jóvenes mexicanos se han unido a la clase media del país.
La mayoría de los jóvenes no están saliendo a las calles para protestar contra Carlos Slim. Ellos sólo quieren comprar sus teléfonos móviles.




