
…mucha gente continuó sus visitas a los otros casinos como muestra la imagen de Antonio Ordaz donde se aprecia el Casino Revolución…
¿La vida sigue, y el juego también?
“¿Aquí sí está todo seguro?”, pregunta tímida una mujer al llegar al Caliente, casino ubicado sobre Avenida Gonzalitos.
De blusa tejida y edad madura, tras la pregunta arquea las cejas y sonríe.
“¿Por qué?”, pregunta extrañado y sin perder la sonrisa un guardia, chaparrito, de chaquetín y chícharo en la oreja.
“Ya ve lo que pasó acá…”, eleva el pulgar derecho y apunta hacia atrás.
“No se preocupe: adelante”, invita cortés.
Han pasado apenas unas horas del ataque más grande en el país: Casino Royale, 15:30 horas, por lo menos 61 muertos.
Desde el estacionamiento, a la mitad de su capacidad, unos empleados niegan con la cabeza al ver entrar personas: “¿Pa’ qué vienen?”.
“Es por demás, la gente no entiende”, dice uno de ellos, irónico. “A la hora de los bombazos sí se salió gente, pero unos regresaron pa’l rato y otros ni se movieron. Aquí han estado.
“Yo ya me hubiera ido”, sentencia.
Incluso, aun y cuando se sigue observando la columna de humo sobre la casa de apuestas atacada en la Avenida San Jerónimo, los asiduos clientes continúan llegando.
No, este casino monumental no ha recibido ataques. No por lo menos de la magnitud del Royale.
“Estamos en alerta”, afirma otro guardia. Se le pregunta qué significa eso. El tipo alega medidas confidenciales.
“Naa, estos mismos cabr… han dicho que si se da la balacera, avientan los chaquetines y corren”, sonríe otro empleado.
“Unos andan hasta vestidos de civil”.
Adentro, muchos asientos están ocupados y las pantallas de los juegos de azar, decoradas con figuras infantiles y sonidos incómodos al oído, parpadean con gente bebiendo tragos, fumando.
Un par incluso está cenando unos cortes.
“Estuvo bien jod…”, dice uno sin dejar de masticar. “Todavía hace rato había chin… de humo”.
El Norte




